30/1/09

El antes.

No sabría deciros cuando empecé a pensarlo pero un día así, sin hacer una lista de ventajas y desventajas, sin meditarlo dos veces, me lancé al vacío, lo hice.
A mí siempre me había gustado pasarme horas mirando y mirando futuros billetes de avión, futuras habitaciones de hotel, futuros destinos, museos y experiencias donde aprender. Me pasé una semana larga recordando las calles y los barrios de esa ciudad que tanto había significado para mí en un pasado y a la que quería volver como fuese. Tenía muy claro dónde quería estar así que solo me faltaba buscar un alojamiento y lo encontré rápido, un pequeño hotel, al lado de una de mis calles favoritas de la ciudad mágica. Entonces solamente faltaba el cómo llegar hasta allí. Tenía claro que ese viernes me saltaría las clases por completo así que decidí viajar pronto para estar en mi pequeño paraíso pronto y poder exprimirlo al máximo.
A los pocos días, cuando lo había reservado todo, senté a mis padres en el sofá para comunicarles la noticia y ellos me apoyaron (qué iban a hacer), sabían que era mi sueño y que sería especial así que me dieron vía libre.
Todo el mundo lo aceptó bien aunque yo sé que ya habían ideado una imagen excéntrica de mí, menos los que más me conocen claro, esos sabían que sería una de las mejores experiencias de mi vida.
Hasta el día de antes todo pasó más o menos rápido, con sus altos y bajos, con su rutina vital, su realidad, sus lados oscuros y brillantes, pero en este caso más oscuros que nada. Yo estaba rara, todo estaba desequilibrado en mi vida, yo misma me estaba volviendo una sin sentido, una desequilibrada, no entendía de fronteras, de palabras ni de emociones. Me estaba secando por completo.
El día de antes fue como, raro. Las amigas del instituto me abrazaron fuerte porque sabían que yo pensaría mucho y que no querría volver. Esther me visitó esa tarde y estuvimos ambas con una sesión telefónica intensa. Yo le había dejado unos corazones rojos rojos en el buzón esa mañana porque ella acababa de nacer como mayor de edad. Yo hablaba con David, el héroe de mis noches oscuras y ella con su princesa. Cuando se fue yo me fui a dormir y a las doce de la noche recibí un avasalle telefónico que hizo que me emocionara. Entre nervios y llantos y cansancio me dormí, el día siguiente sería especial y debía poder tener los ojos bien abiertos a todo aquello que pudiera ayudar a reconstruirme.

2 comentarios:

Juan Antonio dijo...

Un día, de pronto, necesitamos reconstruirnos, reinventarnos, hacernos otros (es decir, hacernos nosotros una vez más).

Para eso sirven las ciudades que una vez amamos y nos amaron.

Besos.

cuentosbrujos dijo...

La ciudad amágica?
te fuiste?
si la respuesta es positiva, eres mi idolo, si la respeusta es negativa....
tambien
saludos brujos